Una lección importante: ¡No hay que despilfarrar!

No despilfarrar

Vivir de acuerdo con la ley de la abundancia no quiere decir gastar sin medida, ni despilfarrar de manera vergonzosa.

Es todo lo contrario.

Sea respetuoso con la abundancia, sobre todo en las pequeñas cosas. 

No despilfarre:  Esta es la décima ley espiritual.

Por ejemplo, cuando mi hija me pedía leche, sólo le ponía medio vaso, y a veces incluso un tercio, por que observaba que raramente se bebía un vaso entero, y a menudo debíamos tirar la leche que quedaba durante demasiado tiempo en la mesa.

Despilfarrar me subleva. 

Y no es por los pocos céntimos que se pierden, sino por cuestión de principios. 

En el mundo hay millones de niños que no pueden comer lo que desearían.

 

En los restaurantes deberíamos acostumbrarnos a pedir sólo las porciones que  nos vamos a comer.

Siempre he encontrado que las porciones son demasiado abundantes. 

¡Pides espaguetis, y te traen un plato capaz de alimentar a tres personas! 

Para no despilfarrar, sobre todo si “disimuladamente” he mirado las raciones que sirven a las otras mesas, pido:  “Solo media ración”. 

A veces, la camarera me dice de que eso no se puede o que no está previsto en la carta, y entonces la felicito, y me digo a mí mismo que es un establecimiento dirigido de manera apropiada.

Y aun si me dice que que si me sirve media ración tendré que pagar lo mismo que si fuera una entera, no doy marcha atrás:  sigo pidiendo media ración.

Que la haya pagado no significa que tenga que comérmela toda, poniendo en peligro mi contorno de cintura, ya bastante amenazado por el sedentarismo de mi oficio.

Pero el hecho de que pague un plato no me da pie a creer que estoy autorizado para dejar en la mesa la mitad de la comida, que al final, irá a parar a la basura.

 

En McDonald´s, cuando pido salsa de tomate y me dan 5 bolsitas, devuelvo cuatro por que sé que sólo necesitaré una, y que si dejo las otras, lo  más seguro es que vayan a parar al cubo de la basura.

Algunos podrán objetar que dichas bolsitas “¡son gratis!”. 

Pero ¿verdaderamente lo son?

¿O es que su coste no se añade a los precios (y ese sistemático despilfarro los eleva), por que la dirección sabe que la gente las acabará tirando? 

Y aunque de verdad fueran gratis, ¿acaso ésa sería una buena razón para tirarlas a la basura?

 

Cuando el postre está incluido en el precio, muchos lo piden aunque no tengan hambre y aunque sepan que sólo comerán un bocado.

Yo en cambio, si no me cabe, digo que no lo quiero.

Es como si a mi lado estuviera el fantasma de uno de los miles de niños que mueren de hambre cada año.

Y además, se trata de una elemental cuestión de respeto.

De respeto hacia los alimentos.

Y de respeto a quienes los han preparado, y de los que en cierta manera, me estaré “burlando” si dejo en la mesa las tres cuartas partes de su “trabajo”, las cuales irán a parar a la basura.

Y como es algo que no le haría a mi madre, y que tampoco me gustaría que me hicieran a mí. 

¿Por qué tengo que hacérselo a un extraño?

 

¿Acaso no fue Jesucristo el que nos dio el mejor ejemplo y el mejor consejo sobre este tema después de la multiplicación de los panes?

En efecto, Jesús les ordenó a los apóstoles (Juan): 

“Juntad los trozos que sobran de modo que nada se pierda”

Dijo:  “Que nada se pierda”.

Y eran panes que no le habían costado, ya que los había multiplicado de la nada.

 

En una conferencia en la que hablé de la multiplicación de los panes, un hombre me dijo: 

Yo había oído otra explicación de la multiplicación de los panes.  Los que estaban presentes se unieron y compartieron todo lo que tenían y hubo para todo el mundo”.

Me pareció una bonita explicación y por eso la reproduzco aquí.

 

A Walt Disney tampoco le gustaba el despilfarrar.

A última hora de la tarde (al menos eso es lo que cuenta la leyenda), cuando los empleados se habían marchado, y justo antes de que el conserje llegara para vaciar las papeleras, las inspeccionaba y recuperaba dibujos que le parecían interesantes, y que a veces le daban ideas muy rentables.

No deja de ser curioso, no?

¿Hace usted el inventario (mágico) de sus cubos de basura?

¿O es que acaso en ellos no hay “dibujos”, proyectos o ideas (¡y también seres!) que podría recuperar, viejas ideas que convenientemente “revestidas” y “maquilladas” podrían significar su fortuna?

 

Hágame caso:  ¡No hay que despilfarrar!

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